Conversa amb Agustín Zamarrón, metge i diputat al Congrés: “Medicina y política obedecen a la moral y requieren compromiso”

Zamarrón va treballar com a metge adjunt a l’Hospital de Bellvitge durant els primers anys de funcionament, a la dècada dels setanta

Agustín Zamarrón va ser actualitat quan, el maig passat, va presidir la primera sessió constitutiva del Congrés de Diputats, en ser-ne el membre de més edat. Aquest metge jubilat, nascut l’any 1946 a Riaza (Segòvia), va sorprendre per les seves formes i la seva dramatúrgia dirigint la sessió, així com per la seva barba blanca que a més d’un li va fer pensar en l’il·lustre autor gallec Ramón María del Valle Inclán. Zamarrón és un erudit. Es va especialitzar en medicina interna i de l’aparell digestiu a Madrid. L’any 1973, després de rebre diferents ofertes laborals, es va traslladar a Barcelona. Va exercir com a metge adjunt durant els primers anys de l’Hospital de Bellvitge (llavors Hospital Príncipes de España) de L’Hospitalet. El seu pas a per l’hospital va coincidir amb la creació dels serveis i amb el “Conflicte MIR” de l’any 1975. Els residents reclamaven expectatives de treball més segures i un contracte laboral en lloc d’un de docent i van anar a la vaga. Eren els últims anys de la dictadura de Franco i gairebé tots els residents i el personal que els va donar suport van ser acomiadats i expedientats. Es van prendre mesures repressives, es van intervenir telèfons i, fins i tot, la policia va acordonar l’hospital, per sorpresa dels pacients. Els records de Zamarrón són ben vius i encara respiren la intensitat d’aquells anys. Conversem amb ell per rememorar la seva estada a Catalunya i per reflexionar sobre els valors de la medicina i del seu futur.

(En aquesta ocasió, reproduïm l’entrevista en la seva llengua original, el castellà)

¿Esperabas tanto protagonismo en la primera sesión constitutiva del Congreso de los Diputados?

Ni lo esperaba ni, obviamente, lo deseaba. Mi intención fue saludar cortésmente y hacer una breve consideración de la misión que se nos encomendaba, pues, si malo es que se olvide, peor es que los diputados no asumamos y no cumplamos, ejemplarmente, nuestro compromiso. Es importante que cuidemos las formas, pues se degrada la razón y menosprecia el juicio cuando la expresión es grosera o el modo desaseado.

Históricamente, muchos médicos han estado ligados a la política. ¿Qué le llevó en su caso a dar el paso?

Es gran verdad que todo se enriquece cuando la deliberación genera acuerdo. Un hacer acordado es política y, entendida así, política es la acción toda del médico, desde el entorno del enfermo, respetando su autonomía, aportando el adecuado conocimiento de su proceso y acordando un itinerario de actuación, hasta la relación con la Administración; ésta sí, política más dura y de difícil entendimiento. Fácil le es al médico pasar de uno a otro campo, Medicina y política, ambas obedecen al condicionamiento moral de la persona como ciudadano y profesional, ambas tienen compromiso y servidumbre. Si la vida se urde en el conocimiento y el respeto y servicio solidario al semejante, es fácil comprender el paso de una a otra.

Vienes de una familia de tradición médica: bisabuelos, abuelos, padres, e incluso sus cuatro hermanos. ¿Estaba escrito que serías médico?

Al referirse a la Medicina, es tópico hacer referencia a la vocación. No es mi caso o, si lo es, se trata de una vocación impura. Siendo mi entorno familiar de médicos, me pregunto si no lo habré sido por oficio y tradición. Mi padre se esforzó en inculcarnos honestidad. Fue un genio en la razón práctica; ejemplar en su vida y su consejo. Desde los últimos recodos del camino, espero no haberle defraudado.

¿Qué recuerdo tienes de cuando llegaste a Barcelona para ejercer como adjunto en el Hospital de Bellvitge en el año 1973?

Encontré una ciudad abierta y culta. Una sociedad de comprensión y acogida sin reticencia al forastero, pronta a estimar su virtud y derramar sobre él las propias. Recuerdo y quiero hacer un reconocimiento, por su especial generosidad, a Enric Buendía y a los médicos de los que me honro haber sido tutor, Àngels Torras y Inmaculada Sansa. No por únicos en la nobleza, afecto y sencillez, sino por haber sido los primeros en entregarme su amistad. Madrid, en comparación, permanecía anclada en los ámbitos rancios de la dictadura. Atento a lo bueno que me rodeó, debo hacer mención de quienes más me enseñaron: la inteligencia más alta y lúcida que he encontrado, la de mi interno Isidro Ferrer; la habilidad y el arte de ordenar y dirigir a los hombres de mi residente Ramon Pujol y la voluntad buena (si atendemos a Kant, “nada hay que sea bueno sin restricción alguna, salvo una buena voluntad”) de mi alumna, después médico interno, Teresa Portus. Ésta sigue conmigo, juzga mis pasos y endereza el destino.

¿Y el primer recuerdo del hospital?

El hospital acababa de abrirse. Se había configurado, a la moda del momento, como hospital de especialidades quirúrgicas. En cada una de ellas se integraban, vicariamente, las especialidades médicas. Con intención acaso de cubrir oquedades, daba empaste al conjunto un Departamento Médico constituido exclusivamente por el Servicio de Medicina Interna, de manera que, departamento y servicio eran única y sola cosa. Hablar de los departamentos de Medicina Interna y de Cirugía es hablar de Nicolasito Pertusato y Briareo. Para agravar el desequilibrio, el Departamento de Cirugía estaba gobernado por quien parecía reunir las dotes del profesional y del líder. El nuestro, no parejo, era llamativamente demediado. El departamento de Medicina Interna estaba constituido por adjuntos, los más todavía con el bozo de la edad temprana (en el ayer inmediato residentes) y dos médicos en formación. Más tarde, se acrecentó el número de médicos en periodo formativo y todos constituimos una unidad orgánica de pares. Alta ocasión fue que se conjuntaran generaciones de los mejores internos, residentes y adjuntos y que se emularan en ansia de conocimiento y devoción de ejercicio. Mi estancia en el Hospital de Bellvitge fue una segunda residencia para mí, la verdaderamente provechosa. He de reconocer que mis compañeros internos y residentes me hicieron a mí tanto o más que yo a ellos, verificándose que enseñar es el mejor modo de aprendizaje.

Llegaste a un hospital que se acababa de inaugurar y que presentaba muchas dificultades organizativas, de acceso, etc. Pese a ello, ¿qué te llevaste al marchar?

Hablaré de lo que creo arrastré conmigo. Sacaré por azar algunos precios. El convencimiento de que el hacer del médico tiene como finalidad el hombre mismo, uno a uno y como paradigma, lo que el hombre debe ser. Que su misión trasciende el curar y atender para procurar restablecer la autonomía del enfermo. Y si no el restablecimiento de una autonomía plena, al menos remedo suficiente de ella que le permita ser dueño de sus actos y decisiones. Que el médico en su profesión no es dueño de su conocimiento, pues ha de propiciar éste a todo compañero que lo precise, bien como directa ayuda o como consejo. Que no debe darse el médico aislado, como tampoco el hombre solo, sino en excepcionales circunstancias. Y que toda valoración de proceso, curso a seguir y remedio de avatares, precisa el concurso de otros médicos y otros sanitarios. Que la autonomía del enfermo ha de prevalecer sobre todo y que ha de esforzarse el médico en la memoria de la palabra, atendiendo especialmente al lenguaje y cultura de su enfermo, para ilustrarle sobre su padecimiento, capacitarlo para la decisión y sostenerlo en el proceso. Que pese a todo, ha de ser un solo médico referencia primera y última del enfermo y responsable de toda decisión pactada. Esta responsabilidad no puede traicionarse en el anonimato de un servicio, grupo o institución, que han de tener las propias. Que la continuidad de esta responsabilidad atañe, al menos, a enfermo y proceso. Que los principios de la profesión han de ser la dignidad del enfermo, la preservación de su vida y la provisión de medios terapéuticos y asistenciales. En este orden y en supeditación al primero y no a otro.

Mi estancia en el Hospital de Bellvitge fue una segunda residencia para mí, la verdaderamente provechosa. He de reconocer que mis compañeros internos y residentes me hicieron a mí tanto o más que yo a ellos, verificándose que enseñar es el mejor modo de aprendizaje

Al poco tiempo de llegar, en 1975, empezaron las reivindicaciones de los residentes. El conflicto laboral derivó rápidamente en político y fue especialmente intenso en Bellvitge. ¿Cómo lo viviste? 

El cuerpo médico, encabezado por sus representantes, se significó en apoyo de las reivindicaciones de los residentes, que eran expulsados y expedientados. La mayoría persistimos en la huelga. Eran tiempos en que se tambaleaba la dictadura. Aun sus sicarios manifestaban voluntad de perdurar en el domino de la política y la administración. El Gessler en el hospital era el director gerente, infausto individuo, afecto y figura del régimen, [Jose Miguel] Otaolaurruchi. Se celebró en el Colegio de Médicos una asamblea, pues el Hospital estaba tomado por las fuerzas y se decidió continuar en huelga. Aquella noche, responsables de los servicios hicieron oficio de colaboración convenciendo y conminando a abandonar el conflicto. A la mañana siguiente, su éxito era claro. Solo persistían en huelga los servicios de Nefrología, Medicina Interna y parte de la UCI. Reunidos representantes de los mismos, se decidió suspender el compromiso común, por otra parte ya quebrado, y que cada servicio decidiera individualmente su postura. Ante la decisión unánime de los adjuntos de Medicina Interna de no renunciar a la huelga, fuimos convocados por el director del hospital a su despacho y conducidos a él por nuestro Jefe de Departamento. La escena es para mí indeleble. Otaolaurruchi tras su mesa, nuestro Jefe de Departamento a su costado derecho, adelantado hacia nosotros y, sentados frente al director, [Amando] Martín Zurro y yo. El resto de los miembros del servicio ocupaban sillas o se pegaban a las paredes formando un semicírculo a nuestra espalda. Dio comienzo una penosa representación protagonizada al alimón por Otaolaurruchi intimidando y nuestro Jefe de Departamento haciendo coacción con falaz argumentación y torpe benevolencia. Finamente, Martín Zurro se dirigió a mí y me espetó una pregunta sorprendente, no en su contenido, sino por estar dirigida únicamente a mí: “¿Qué crees tú que debemos hacer?” La respuesta bulle en mi boca. “Si abandonamos la huelga, abandonamos a los residentes y a los que más tarde también expedientarán. Haremos flaco servicio a nuestra dignidad y este hecho lo recordaremos de por vida, pero creo que debemos abandonar la huelga. Haremos más por los que van a ser objeto de represión dentro que fuera.” Fue así.

¿Qué pasó después?

El dictador murió. Otaolaurruchi fue apuñalado (por quién y por qué causa es motivo de rumores varios) y se expedientó a más médicos, entre ellos a Martín Zurro y a los enlaces sindicales. Todo estaba cambiando con la muerte del dictador y la quiebra de su régimen. El resultado de los juicios en que participé como testigo de las defensas fue favorable. Tengo en mi conciencia presente al viejo magistrado que juzgó a los enlaces sindicales, su inteligencia y habilidad en guiar mi testimonio a la Justicia sin que cayera, por cuanto lo bordeaba, mi testimonio en perjurio. Aprendí, otra vez, que la dignidad es costosa y que mantenerla cuando la libertad no es segura, difícil. Qué mal se aviene con el oficio de dirigir a los hombres carecer de honor quien los lidera.

En aquel momento, los residentes pedían expectativas de trabajo más seguras y conseguir un contrato laboral en lugar de uno docente. Hoy, muchos MIR cuando acaban la residencia deben enfrentarse a la concatenación de contratos precarios. ¿Hemos mejorado?

Paralelamente al desarrollo de una sociedad abierta y rica, se da la restricción de libertad y posibilidad de progreso de los médicos jóvenes, tanto como de otros profesionales. El neoliberalismo es, oxímoron, liberalismo sin libertad. Liberalismo de la especulación financiera que supedita al medro de la plutocracia el albedrío del hombre y el compromiso inversor de la empresa y que ha conducido a una sociedad debilitada, menos justa y, por tanto, insegura. Los profesionales de la medicina y de los servicios públicos de salud se quieren vicarios de intereses egoístas. Esto ha condicionado el empobrecimiento de la profesión, ante todo moral, y la huida, por abandono, de los mejores, ya no peregrinos en su patria como hombres libres, sino extranjeros, por necesidad emigrados. A la postre, o volvemos al buen gobierno o se perderá todo.

Desde la perspectiva que te da la jubilación y los años de ejercicio. ¿Cómo ves la profesión? Has vivido una España de atraso y aislamiento, a la incorporación al nuevo siglo lleno de retos y posibilidades.

En nada se parece la Medicina, en cuanto a saber y acción, de lo que era cuando comencé a practicarla. Hoy, un reto de nuevos saberes y progreso cooperativo. Retos y posibilidades son lo mismo: el mundo digital, la microingeniería, la robotización, la inteligencia artificial… Nada de todo esto será ajeno a la Medicina, ciencia impura que todo aprovecha por necesaria curiosidad, experimentación y utilidad. Ni a los médicos, cuya vida ha de ser estudio y convenio. Sus generaciones serán más sabias y mejores. Los problemas a afrontar los veo en la necesidad de armonía. Armonía en su estructura y en la relación con los proveedores de medios. La diversidad de hacer y saber, que ha conducido a lo que llamamos especialidades, precisa de su interconexión profunda y segura, cosa que no se obtiene con la supeditación de unas sobre otras. Armonía con los que han de proporcionar medios al arte [Medicina] y su distribución en espacio y tiempo. Armonía entre los profesionales de la política y de la medicina. El entendimiento entre las dos profesionales, médicos y políticos, tiene obligatoriamente los caminos trazados. Las condiciones del político son las de representante, compromisario y gestor. Y también el médico debe representar al hombre enfermo, comprometerse con su beneficio y bienestar, y gestionar con eficiencia los medios que se le entregan. Hemos de darnos un futuro abierto y generoso. Obligarnos a desplazar a los mediocres y mezquinos. Éste es el reto del que depende el futuro.

2 thoughts on “Conversa amb Agustín Zamarrón, metge i diputat al Congrés: “Medicina y política obedecen a la moral y requieren compromiso”

  1. Mercè Pons Aguilar

    Aún recuerdo a Teresa Portus que coincidimos como residentes MIR en la promoción de 1975.
    Quiero manifestaros a los dos, la alegría que me ha supuesto saber de vosotros de nuevo.
    Siempre recordaré la sensación de regocijo que tenía de hacer la residencia de Medicina Interna en dicho hospital. Pensaba que estaba en el mejor lugar para mi formación y así fue: lo que aprendí de todos vosotros, el rigor científico, la honradez y la humanidad fue muy importante para toda mi vida profesional
    Un abrazo a Teresa.
    Soc la Mercè Pons

  2. Isidro Ferrer

    Era un maestro de la vida y de la medicina. Y sigue con el mismo impetu, inteligencia y sabiduria.
    Para mi fue una persona clave que marco unos valores que me han acompañado siempre.
    Mi mayor cariño y respeto para uno de mis maestros

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